No Hay Mal que Dure Cien Años


              ¿Por qué este desierto de sufrimiento? Parece ser que las puertas de la bendición de Dios se cierran en mi propia cara. ¿Qué ha pasado con mi vida? Aún las aguas que tomo para saciar mi sed me son amargas. Cansado estoy de estos senderos aflicción; de tantas noticias malas, de tanta traición, de tantas derrotas y de mi condición putrefacta.  ¿Hasta cuándo tendré que resistir estas noches largas y frías? Mis heridas aún están abiertas e infectadas con el tiempo. Tiene que haber algo más haya que estas lagrimas; alguna enseñanza más profunda… Y entonces he aprendido un misterio no muy hablado; he aprendido de un tema superficialmente tocado.  

            Dios está cansado de relaciones distantes; que solo le conozcamos de a oídas; de que solo sepamos los que otros dicen de EL. Repetimos las historias de otros, nos memorizamos los testimonios de otros, nos alimentamos de las revelaciones de otros, nos agarramos de libros, programas de radio y de nuestros ministros favoritos en la televisión, pero ¿quién Le conoce? Job tuvo que aprender esta lesión, la misma que muchos de nosotros muy pronto aprenderá. Job 42:5 nos dice:

“De oídas te había oído;
    Mas ahora mis ojos te ven.”

            Al otro lado de tu dolor; si no te alejas de Dios, si no permites que las raíces de amargura asfixien tu existir… verás a Dios. Al otro lado de estas malas noticias de hoy; del matrimonio roto, de los hijos enajenados de Dios, de problemas financieros, de la pérdida de empleo, del que te odia y te acosa, de la enfermedad que aflige tu cuerpo, del abuso sexual que sufriste, del que manchó la reputación de tu nombre, de la novia que te dejó, del esposo que te engañó y aún mucho más…está la presencia manifestada de Dios. Todo dolor tiene un propósito que vas más haya de lo comúnmente aprendido. ¿Cómo poner medida a la llenura de la presencia manifestada de Dios?

            ¡Aliéntate hermana, despierta querido hermano! Al otro lado de este dolor que hoy sientes hay grandes bendiciones; pero nada se compara al valor del incomparable tesoro que encontramos en Cristo. Por lo que sea que actualmente confrontas recuerda que no hay mal que dure cien años… y si lo hay, ¿cómo se compara ese mal a una eternidad con Dios?

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